Publicado: 17 de agosto de 2026 — 10:00 AM (GMT-6) | Europa
Un virus curable que sigue matando
La hepatitis C tiene una rareza casi cruel: es una infección crónica que se cura en más del 95% de los casos con antivirales de acción directa, y aun así sigue matando. La Organización Mundial de la Salud estima que 47 millones de personas viven hoy con hepatitis C crónica, que ocurren unos 0,9 millones de infecciones nuevas cada año y que en 2024 murieron aproximadamente 239.000 personas, la mayoría por cirrosis y carcinoma hepatocelular. Datos de la OMS
La contradicción tiene una explicación simple: la mayoría de las personas infectadas no sabe que lo está. La hepatitis C puede pasar décadas en silencio, y cuando aparecen los síntomas —fatiga, ictericia, hinchazón abdominal— el hígado ya está gravemente dañado.
El experimento de Islandia
En 2016, Islandia —un país de poco más de 330.000 habitantes— lanzó el programa TraP HepC (Treatment as Prevention for Hepatitis C), el primer intento nacional y coordinado de eliminar la infección. Su filosofía tomaba la lección de la terapia antirretroviral contra el VIH: si curar al paciente vuelve imposible la transmisión, tratar a todos los infectados es, a la vez, la mejor prevención. El protocolo quedó publicado en 2018 en el Journal of Internal Medicine. Protocolo del programa
La fórmula tiene cuatro ingredientes:
- Tamizaje agresivo: se ofreció la prueba no solo a los grupos clásicos de riesgo —personas que se inyectan drogas, pacientes psiquiátricos, personas privadas de libertad— sino también a la población general.
- Tratamiento universal y gratuito: los antivirales de acción directa se entregaron a todos los diagnosticados, sin exigir etapas avanzadas de fibrosis ni trámites burocráticos.
- Reducción de daños: programas de intercambio de agujas y de sustitución de opioides para cortar la cadena de nuevas infecciones.
- Medición constante: un registro nacional con seguimiento de tratamientos, curaciones y reinfecciones.
Los resultados hablan
Diez años después, la evidencia es contundente. Un estudio de 2024 publicado en Scandinavian Journal of Gastroenterology documentó una caída significativa de la incidencia de cirrosis por hepatitis C en Islandia tras la puesta en marcha del programa. Y una investigación publicada a inicios de 2026 en Open Forum Infectious Diseases mostró una reducción marcada de las coinfecciones por VIH y hepatitis C en la era de los antivirales de acción directa (2016-2020) en comparación con la era del interferón (2000-2015). Estudio de coinfecciones (2026)
Islandia se encamina a ser uno de los primeros países del mundo en cumplir las metas de eliminación que la OMS fijó para 2030: reducir las nuevas infecciones en 80% y las muertes en 65%.
Qué puede aplicar América Latina
La región no parte de cero: la hepatitis C tiene una prevalencia estimada de alrededor de 1% en varios países, y los antivirales genéricos ya cuestan una fracción de su precio original. El modelo islandés se traduce en pasos concretos para cualquier sistema de salud o clínica:
- Conocer el mapa: medir la prevalencia local es el punto de partida; sin cifras no hay plan.
- Buscar activamente: ofrecer la prueba al menos una vez a personas nacidas antes de 1994 (cuando las transfusiones se tamizaban mal), pacientes en hemodiálisis, personas expuestas a procedimientos con material no estéril y consumidores de drogas inyectables.
- Tratar sin barreras: la cura virológica sostenida —carga viral indetectable 12 semanas después de terminar el tratamiento— debe ser el único objetivo.
- Medir el resultado: llevar un registro de diagnosticados, tratados y curados. Lo que no se mide, no se gestiona.
Conclusión
La lección de Islandia cabe en una frase: eliminar la hepatitis C no depende de inventar nada nuevo, sino de organizar lo que ya existe. Será la primera generación de médicos que podrá decirle a un paciente “tiene hepatitis C y se va a curar” con casi total seguridad. Que esa frase llegue también a América Latina es, sobre todo, una decisión de gestión sanitaria.


